jueves, 10 de octubre de 2013

Érase un primer día...

Y por fin llegó mi momento: mi primer día de trabajo como Au pair/particular Spanish teacher (aunque esta segunda faceta no la hemos tocado mucho todavía) según tal y como rezaba mi  contrato de la agencia.
Llena de energía me levanté y preparé el pocket lunched de la niña que, aunque tiene once años, no es una entusiasta de levantarse pronto.
Con todo, marchamos juntas para el cole que está a diez minutos andando de casa, quince si vamos hablando o más bien chapurreando porque mi inglés mañanero no es una maravilla... Y cuando íbamos de camino ¡zas!
¡Una zorra!
Pero una zorra el animal, no del otro tipo y esta no se nos cruzó caminando ni nada, sino que un coche la había atropellado y estaba allí la pobre en la curva; cual niña para asustar.
El objetivo lo cumplió con mi hostgirl porque la pobre dio un chillo y pegó un rebote en la acera que no fue ni normal.
Una vez dejada la niña y cumplida mi obligación del día (también sin ganas de volver a casa porque era muy pronto) pensé qué podía hacer para pasar el tiempo y, como me encanta caminar, decidí comprobar por mí misma la información que mi hostmum me había dicho el día anterior y que no era otra que se podía ir desde mi pueblo al de al lado caminando.
Y lo hice.
Y se puede.
Una vez despejada y concienciada, me dispuse a realizar mis otras tareas y que incluyen una limpieza a fondo y una gran colada y/o día de plancha por la que me pagan 30 libras más.
Desde el primer momento que dicho día sería el lunes para estar desquitada el resto de la semana.
Y lo hice todo.
Acabé agotada pero satisfecha.
Como estoy sola por las mañanas, puedo comer a la hora que me da la gana y por eso, decidí comer el cacho sandwich que tienen por lunch junto a una pieza de fruta a las 2 hora inglesa mientras veo las chicas Gilmore en versión original; una serie que nunca jamás me cansaré de ver.
En este primer y especial día hube de repetir tan simple acción porque la jodía de la perra que tenemos en casa; que se llama Molly y está absolutamente loca, se comió mi sándwich apovechando que fui a lavarme las manos al lavabo de la planta de abajo.
Y eso que tenía prohibida la entrada al salón... MISCO
En fin, no todo fue malo porque cuando fui a recoger a la niña me encontré un pound en el camino, supongo que fue el karma que me devolvió el favor.
Y al llegar al patio del colegio St. John de Digswell me di cuenta de una cosa ¿por qué tengo mala suerte?
A ver, el colegio es pequeño, no tiene más de 200 alumnos... el problema es que las tres cuartas partes de los niños son rubios platinos de ojos claros. Y Amy, mi hostgirl entra dentro de esa gran categoría así que, distinguirla entre una multitud homogénea también gracias a su uniforme escolar y a mi miopía... no fue sencillo.
Si hubiera sido negra o india (que también los hay) o incluso morena porque para mi sorpresa no hay ningún pelirrojo en el colegio, me hubiera resultado más sencillo.
Volvimos a casa y, le di el té al estilo inglés: con leche y azúcar.
Y ese fue mi inicio de trabajo.
PD: De cenar spaguettis a la boloñesa.

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